En el país del fuego 

Una investigadora del CIECS estuvo en Azerbaiyán, país multifacético donde las reminiscencias antiguas se combinan con una arquitectura ultramoderna. 

Por Florencia Rubiolo [CIECS,22.08.2014]

El arribo al aeropuerto muestra de manera inconfundible esta convergencia de momentos históricos y la superposición de etapas de desarrollo que está atravesando Bakú, capital de Azerbaiyán. La estructura externa se asemeja a las cúpulas del Palais de Glace, evidencia de la inclinación europeísta de este país transcontinental. Esta sorprendente construcción contrasta con las pequeñas dimensiones internas, el bajo nivel de modernización de los procesos aeroportuarios para el turista, y la escasez de personal que, además del ruso —segunda lengua por excelencia en el país—, comprenda el inglés. 

Bakú se encuentra en la península de Absheron, enclavada en el Mar Caspio y rodeada por un paisaje desértico e inhóspito, donde a lo lejos se perciben las montañas del Cáucaso, que separan a Azerbaiyán de Rusia. Su pasado como república soviética continúa presente en las construcciones que rodean al centro financiero de la capital, y contrastan con la vanguardista arquitectura que domina las costas de la ciudad, cuyo principal exponente son las Flame Towers: símbolo arquitectónico del “País del fuego” (eso significa “Azerbaiyán”) moderno. En la sociedad también convive esta mixtura de influencias. De mayoría musulmana, pero con gran presencia de elementos occidentales, la población de Bakú se muestra abierta a lo extranjero, receptiva, y hospitalaria. No en vano el turismo y los servicios son la segunda gran industria del país —luego de la energética— con un creciente interés de los jóvenes azeríes por desempeñarse en el sector.   

El motivo de mi viaje fue asistir al II Foro Mundial de Jóvenes Científicos en Bakú. La organización y financiamiento estuvieron a cargo del Ministerio de Juventud y Deportes de Azerbaiyán, y se enmarcó en un plan de actividades que esta dependencia organiza regularmente. El evento reunió a científicos de 95 países, provenientes de diversas ciencias, con el objetivo no sólo de actualizar el estado de la ciencia en cada rama, sino también de acercar a Bakú a jóvenes que en sus países pudieran dar cuenta de la experiencia allí vivida. Los representantes de Argentina fuimos dos. Mi presentación giró en torno a los vínculos entre América del Sur y el Sudeste de Asia, desde una perspectiva Sur-Sur, orientada también a estimular el debate respecto del rol de actores emergentes —tanto regionales como estatales— en el sistema internacional. La diversidad de temas dificultó la concentración del debate en áreas específicas, no obstante el interés por temas de política internacional era compartido por participantes de países de desarrollo medio como México e India. Las conferencias se intercalaron con visitas a lugares históricos y políticos: Icheri Sheher –o Ciudad Vieja—, Maiden Tower, Alley of Honour y Martyr’s Lane.

Esta iniciativa es sólo una de las que se vienen implementando dentro de una activa diplomacia científica-cultural que tiene una estrecha relación con la posición regional —y, en segunda instancia, internacional— que el país busca para sí mismo. Azerbaiyán, ubicado en un lugar geográficamente privilegiado a orillas del Mar Caspio, se ha convertido en una pujante economía cimentada sobre la explotación de recursos energéticos: petróleo y gas. Su relevancia como exportador de petróleo a los mercados europeos —principal destino de las ventas azeríes— es indiscutible. 

El auge petrolero —que se dinamizó con la apertura internacional del país tras la caída de la Unión Soviética— es el motor de la economía en su conjunto, de las modernas construcciones en el centro de Bakú, de la afluencia de profesionales de diversas partes del mundo relacionadas con la explotación de hidrocarburos, y de una paulatina redefinición de la distribución de poder geopolítico en la región. El acercamiento político a Europa —manifestado en múltiples formas: retórica política, formas de vestir, reproducciones de la pirámide del Louvre dispersas por la ciudad, entre otras— está definiendo el carácter de este país semiasiático, semieuropeo, y sentando las bases para su inserción regional e internacional de cara al futuro.