18 días en Myanmar

Una becaria posdoctoral del CIECS participó como observadora del censo poblacional en la ex Birmania.

Por Eleonora Rojas Cabrera [CIECS, 28.04.2014]

Los censos de población constituyen los operativos estadísticos de mayor envergadura para los países que los llevan a cabo. Tienen como objetivo fundamental recopilar datos referidos a la cantidad, la distribución territorial y las principales características socio-demográficas y habitacionales de todas las personas que albergan en un momento determinado. De allí que conforman una fuente básica de información para la toma de decisiones en cuanto a planificación pública y privada.

Es por todo ello que haber sido contratada por el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA, por sus siglas en inglés) de Myanmar (anteriormente, Birmania) para desempeñarme como observadora independiente del censo poblacional que tuvo lugar en ese país entre el 29 de marzo y el 10 de abril pasados me hace sentir muy orgullosa. Más aún al tratarse del primer censo después de más 30 años, en un Estado administrado por una gestión militar que ha comenzado a abrirse al mundo después de mucho tiempo.

Dos días de viaje, muchas escalas (Córdoba, Buenos Aires, São Paulo, Doha, Bangkok, Yangon) hasta llegar, finalmente, al destino asignado para el trabajo de campo: el territorio de Naypyitaw, donde está situada la actual capital de este país del sudeste asiático que limita al norte con China, al sur con el mar de Andamán, al este con Laos y Tailandia, y al oeste con India, Bangladesh y el Golfo de Bengala. Un idioma completamente diferente y el inglés como nexo para establecer la comunicación, tanto con la gente del lugar como con las restantes personas también contratadas para la ocasión provenientes de otras latitudes: Inglaterra, Italia, Albania, Chile, Sudáfrica, India, Malasia, Filipinas, Japón y Timor Oriental, entre otros países.

Si tengo que sintetizar en una sola palabra la experiencia de haber transcurrido 18 días en un país cuyas cultura y costumbres son muy diferentes a las nuestras, ésta es: única. Desde lo académico y lo profesional, porque tomar contacto con otras personas que se dedican a la Demografía en otros puntos del planeta me permitió intercambiar opiniones y prácticas que no sólo contribuyeron a mi desempeño en la tarea que allí me fue encomendada, sino que, a su vez, han empezado a dar sus frutos en el trabajo que, a diario, realizo como becaria posdoctoral en el CIECS. Desde lo personal, porque he tenido la oportunidad de convivir con otros modos de vida, de los cuales una siempre algo termina aprendiendo.

Sacarse los zapatos toda vez que se ingresa a una casa, tomar el té sentada en el piso, comer todos del mismo plato y con la misma cuchara, ver a los hombres vestidos con “pollera” y a los patos “acaramelados” con cabeza y todo en vitrinas de rotiserías, son cosas bien diferentes a las que podemos encontrar en los ámbitos a los que estamos usualmente acostumbrados. Pero la bondad de la gente de lugar, su predisposición en todo momento, el entusiasmo de los censistas (mujeres y docentes, en su mayoría) para completar los cuestionarios con la información requerida y el despliegue de todo un ejército de colaboradores con la tarea permitieron que acostumbrarse no costase tanto. Y lo distinto no es tan distinto y lo lejano no es tan lejano, así que la vivencia pasa a ser más que enriquecedora en múltiples aspectos, destacando lo que considero fue lo mejor: 18 días de mi vida compartidos con gente maravillosa y el regalo de haber sido bendecida con la experiencia, gracias a muchos años de esfuerzo y dedicación personal y al apoyo incondicional de quienes me rodean.